Gracias Fabi por tus consejos.
ando el sol y la luna parecen encontrarse, se acarician y bailan hasta despedirse de nuevo entre dorados cielos que las lejanas montañas van ocultando. Todos ellos siguen en silencio el cortejo por las estrechas callejuelas de San Severio de la Laguna Seca. Algunos árboles desperdigados, acacias, y álamos grises, que milagrosamente resisten los cambios estacionales tan bruscos, cobijan bajo su verde amarillento ramaje a gentes serias y llorosas, niños y mocosos en calzones cortos y descalzos, hombres y mujeres quemados por el tiempo y el hambre, arrugados por los días a la intemperie, todos con sus ropas oscuras y los pañuelos en la mano, parecen llorar, la mayoría se santigua a su paso, algunos impúberes lanzan flores silvestres , senecios, crisantemos, narcisos y amapolas de un blanco refulgente. Monjas del cercano convento de la Trinidad y perros famélicos que ladran al paso de carruaje, observa el sudor en todos ellos, animales con el pelo apelmazado trinitarias y comerciantes, mozalbetes y meretrices con las ropas pegadas al cuerpo, colegialas que se dejan abrazar por los empapados brazos de jóvenes excitados, mas por la próximidad de ellas que por el ambiente que llena de melancolia y olores florales el sucio recorrido del feretro que va adquiriendo el rojizo color del polvo de las calles que atraviesa. Gentes a las cuales apenas si recuerda o conoce, agobiados por el calor del día, con la cabeza baja, murmurando oraciones que extrañamente le suenan con toda nitidez, voces que le llegan y la estremecen, quisiera responderle, gritar les pero solo puede sonreír, cobijada en su solitaria atalaya desde la que divisa, huele y escucha un llanto apagado, un grito mas que un silencio mas que una callada apuesta que proviene descansando sobre una melodia nueva para ella, diferente, cargada de sensaciones que parecen salirle del alma, que crecen desde dentro y hacía fuera en una alarde de negras notas y sintonias de dolor que no puede reconocer pero que siente que nacen de ella. Sigue percibiendo el calor externo mientras abraza su viejo instrumento de cuerda, sorprendida por el frió de su propio cuerpo. Pese a la estrechez del habitáculo y del propio carruaje que la traslada, se siente cómoda y tranquila, apenas nota el ajetreo del viaje, los constantes saltos de las ruedas sobre el empedrado camino. Intenta recordar, pero su memoria parece frágil, tanto como las estructura del carro que con sus crujidos de madera vieja y carcomida parece querer romperse con los perezosos pasos de las negras mulas que lo arrastran. Le cuesta trasladar a su memoria los últimos momentos del día, siente las manos de su tita vistiéndola, allí sobre la cama, empapada por el sudor que le provoca el esfuerzo, abandonandose bajo el potente sonido de las campanas, restos olvidados de la época colonial, de cuando algunos mercaderes, de dudosa reputación se instalaron en la entonces prospera villa, campanas sufragadas según relataban los mas viejos con el tráfico de esclavos procedentes de lejanos países cuyos nombres jamás habían oído mencionar.









